Otra Navidad Blanca

Por Carlos Del Frade

(APe).- Jesús, como su mamá, quería terminar la primaria y también la secundaria. Pero no lo dejaron. A pesar de que se contaban cosas maravillosas sobre él y su poder sobre los caballos que corrían a la vera de la Autopista a Buenos Aires y su prodigiosa habilidad para los números, no podía encontrar algo para ayudar a María a pelarle a las urgencias de la vida cotidiana.

Sus maestras en el jardín de infantes recordaban sus cabalgatas cuando el cuerpo entero de Jesús apenas era un poquito más grande que la cabeza del caballo.

Fue en sexto grado que en la escuela hicieron una “feria de ciencias” para conseguir llamar la atención a las autoridades del Ministerio sobre ese costado olvidado de ex ciudad portuaria.

El pibe Jesús fue en busca del cazatalentos futbolero que vivía a pocas cuadras de la plaza pelada del barrio y le dijo que debía ayudar a la escuela.

Que él hacía mucho dinero siendo el lavador de la banda que, por otra parte, explotaba a su mamá y que uno de los muchachos que salió del barrio, ahora en España, debía generarle mucha riqueza. Y que ese dinero no era solamente de él, sino de todas familias porque si sabía jugar bien a la pelota era por la pibada del lugar, no únicamente por su destreza individual.

El cazatalentos, vaya uno a saber por qué misteriosa razón, entendió que aquel muchachito tenía razón. Y sin decir una palabra fue haciendo llegar decenas de cajones de bebidas y docenas de sandwiches y hasta bolsas negras cargadas de billetes de baja denominación a la cocina de la escuela. Era un secreto que mantendría hasta la muerte de Jesús pero eso sería un buen tiempo después.

Así que sin saber cómo, esa tarde, en la “feria de ciencias” de la destartalada escuela del barrio, aparecieron muchos sandwiches, bebidas y hasta dinero que sirvió para mejorar las instalaciones eléctricas, reparar los agujeros del techo e incluso comprar un equipo de música que ya no tenían para las chicas y los chicos.

Aunque el pibe Jesús no dijo una sola palabra, aquel milagro de la multiplicación de los sandwichitos y bebidas fue tomado como una repetición de lo contado en el Nuevo Testamento aunque ningún sacerdote o predicador evangelista pudo autoproclamarse como el educador o responsable del muchacho.

La libertad de Jesús era la propiedad más querida por el muchacho nacido en aquella Navidad Blanca desatada por la brutalidad de la Gendarmería.

Una personalidad que heredó de su mamá, María que, aunque quería terminar la secundaria, no pudo hacerlo.

Pero se la rebuscó para entrar en una orquesta de barrio y enamorarse de un violín que fue conseguido por la tenacidad de la profesora que llevaba adelante ese proyecto que servía para exorcizar los siempre seductores conjuros de las violencias.

Con los años, un periodista llegó hasta el barrio y fue al encuentro de Jesús.

Él, entonces, le dijo algo que no olvidaría: “Mire, Don…no me venga a decir lo que está bien o lo que está mal. Yo tengo claro que cuando cumpla los 21 años soy boleta. Lo único que quiero es tener un par de buenas llantas y un celular. Nada más…eso sí, si usted quiere demostrar que no es un careta más me gustaría que esté cerca de mí para saber si lo que dice es verdad o es un verso. Gracias por escuchar”, sostuvo Jesús, el pibe nacido en aquella Navidad Blanca.

Antes del final violento, en distintos barrios de la ciudad aparecieron crónicas increíbles de Jesús.

Hablaban de lingotes de oro escondidos en chacras de localidades vecinas, túneles que comunicaban con la zona de las barrancas que dan sobre el Paraná, de ferias de ropas auspiciadas por él y hasta de cumpleaños de quince y medicamentos conseguidos por su habilidad junto a su mamá María.

Lo cierto es que el muchacho se fue ganando amistades difusas y broncas pesadas como el poder mismo.

Ese sería el principio del final, tan violento como fue su nacimiento.

Edición: 3913

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