Por Alfredo Grande

(APe).- En 1989 se estrena “La Sociedad de los poetas muertos”. Cuando los alumnos esperan la presentación del nuevo profesor, John Keating, éste les pide que salgan del salón y en el pasillo les señala un poema que Walt Whitman le dedicó al presidente Abraham Lincoln: Oh capitán, mi capitán. De repente, les señala una orla de la primera generación de estudiantes del colegio y les dice que ellos no entendieron el concepto del carpe diem y que ahora, desde el más allá, piden a los nuevos estudiantes que no pierdan lo que no podrán volver a recuperar: el tiempo.

En clase, el profesor les pide que observen el gráfico de coordenadas que la introducción del libro oficial que se utilizaba en la Academia, cuyo autor es el Profesor Pritchard, utiliza para definir la poesía. Keating lo califica como “basura” y les dice que arranquen esa página, pues su concepción de poesía es que no tiene estructura, ni normas. Sólo crea y piensa en algo, dale el énfasis que necesitas y rompe esquemas. Pretendo que esta memorable película nos brinde algunas claves que permitan generar pensamiento crítico sobre la controversia generada desde las palabras del presidente de la nación, en Campo de Mayo, el 21 de febrero.

Un texto de Amador Fernandez Savater me parece necesario: “Para sugerir una respuesta quisiera plantear otra idea-práctica de pensamiento crítico, en oposición y alternativa a la primera. Ese otro pensamiento crítico sería el que describe la pelea que constituye la realidad. El que nos hace ver, oír y sentir una batalla en curso. El que mira la realidad desde la orilla de lo que no se deja capturar o gobernar”.

Para mí la pelea es entre pensamiento crítico y pensamiento único. Lo único es una de las fuentes de algunas de nuestras desgracias. Lo único antagoniza con lo diverso y, tomando una idea de Gregorio Baremblitt, con lo “poliverso”. O sea: las indefinidas versiones que hay de un determinado acontecer. La dictadura genocida prohibió la palabra “guerrillero” reemplazándola por “delincuente terrorista”, y la autopercibida revolución libertadora prohibió mencionar al “presidente Perón” imponiendo la definición de “tirano prófugo”. Fueron ejercicios de pensamiento único. Sostenidos desde mandatos crueles y amenazas consistentes.

Los tiempos han cambiado y frente a los dichos del presidente, el pensamiento crítico estalló. Lo que me interesa pensar es que siguen apareciendo voces, incluso gritos y aullidos, que colocan al pensamiento crítico en el incómodo lugar de “hacerle el juego a la derecha”. Obviamente es al revés. No hay nada que le haga más el juego a la derecha que la falta de pensamiento crítico. Por mucho de esto el ingeniero de la patética figura llego al gobierno y permitió que ejerciera el poder la manada conservadora y fascista.

El “negacionismo” al que aludió Nora Cortiñas es grave. Pero más grave es que el negacionismo ha sido política pública durante, al menos, 50 años. Por oportunismo, hipocresía, réditos de lo actualmente correcto, ahora cunde al “afirmacionismo” en temas como el hambre estructural y el arrasamiento de las culturas de los originarios. Un comité contra el hambre en el cual hay empresarios, faranduleros, cientistas, menos las víctimas directas de la barbarie capitalista. Están evaluando un acueducto para evitar saciar la sed con agua glifosatada, cuando el gobernador que autorizó los agrotóxicos es funcionario de este gobierno.

Hay muchas páginas que no pueden darse vuelta. Hay que arrancarlas y ordenar detención internacional por crímenes contra la humanidad para cientos de funcionarios que legalizaron la eutanasia social.

El gatillo fácil, las masacres de jóvenes falta de trabajo, consumo de drogas, precarización absoluta de la vida cotidiana, tener y ser hambre, ¿no ha sumado en los altares de la democracia a hermanas y hermanos sacrificados en los altares de las dictaduras? Si hay un cambio en la mentalidad de las fuerzas armadas, la primera medida tendría que ser indagar profundamente cuál es la motivación para formar parte de las fuerzas armadas. Que los mueve a querer pertenecer al círculo privilegiado de los que tienen el monopolio de la fuerza pública. Y nada tiene que ver con derechos humanos. Sino con la implicación consiente con políticas de liberación nacional y social.

He conversado muchas veces con el coronel Ballester, integrante de CEMIDA (Centro de Militares para la Democracia). Dados de baja por oponerse a la dictadura, su sede fue bombardeada varias veces. Lo conocí en 1986 en Cuba. Me explicó su convicción del “pueblo en armas” aunque yo no pude convencerlo de la abolición del servicio militar obligatorio. La gesta que inició Eduardo Pimentel. El supo arrancar esa página que inventó el diputado coronel Capdevilla y que asesinó y destrozó la vida de miles de jóvenes.

Insisto: cada cual que dé vuelta la página que quiera. Pero que sepa que no es un tema de en qué año naciste. Hay muchos nazis que nacieron décadas después de Hitler. Ni de planes de formación. Ahí están los rugbiers a los cuales nadie les enseñó otra cosa que un deporte y, sin embargo, asesinan. Pasar de un ejército de ocupación, represor, al pueblo en armas, será tarea de varias generaciones. Y aunque no lo veré, igual puedo vislumbrarlo. No será dando vuelta ninguna página. Será arrancando las páginas nefastas y escribiendo nuevas páginas de lucha, combate, donde lo justo vuelva a ser el espíritu de la justicia.

Las y los que abominan del pensamiento crítico, por tibios serán vomitados por dios. Dormir o abrazarse con el enemigo no es la mejor idea. Y todas las instituciones de la autodenominada “seguridad” tendrán que dar muchos exámenes para demostrar que son capaces de escribir nuevas páginas. Estoy convencido que no lo harán.

Los presidentes muertos serán aquellos que den vuelta la página pero no se animen a arrancarla. Muertos para inventar una vida que sea digna de ser vivida. Muertos para invocar la lucha de generaciones anteriores, que protestaron y combatieron para que la Argentina no siga devorando a los vulnerables, los niños y niñas, los ancianos, los enfermos.
Presidentes muertos que no entendieron que más allá de una década o más en el gobierno, el poder concentrado sigue desollando vidas. Y ocultando archivos.

Cuando Nora Cortiñas señala el “negacionismo”, es necesario señalar que también es un peligro el “afirmacionismo”. La democracia ritualizada no exorciza al Estado Terrorista. Demasiado glifosato ha corrido por cuerpos y aguas, demasiado extractivismo ha contaminado las tierras, para sostener el “negacionismo” de no pensar que el terror sigue entre nosotres. Y mientras ese terror no sea erradicado, arrancado, “las páginas que das vuelta, gozarán de buena salud”. Carpe Diem.

Edición: 3950

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