Por Alfredo Grande

(APe).- Hace algunos años, quizá demasiados, participé en el Seminario de Formación Teológica. Invitado por Gerardo Duré se realizó en la diócesis de Moreno. Fue una de las experiencias más importantes que tuve. Y he tenido varias. Fue el debut del concepto de “alucinatorio político social”. Algunos llaman a esto “relato”, “fake news”, “clarín miente”. Hay conceptos de la psicología y el psicoanálisis que son necesarios para el análisis político.

Ignacio Martin Baró luchó por los Derechos Humanos, la igualdad y la justicia social en El Salvador. Criticó el impacto negativo de la política estadounidense para su país. Fue muy influyente en un amplio rango de académicos, y activistas en los Estados Unidos. Fue seguidor de la Teología de la Liberación, padre de la Psicología social de la liberación y principal referente de la Psicología Social Latinoamericana, especialmente en Psicología comunitaria y Psicología política. Fue asesinado en El Salvador en 1989 junto a su compañera, su pequeña hija y varios sacerdotes. Esta masacre se denominó la de los mártires de UCA.

En la Argentina durante la década del 70 se creó Plataforma, una división en la hegemónica Asociación Psicoanalítica Internacional. Algo así como el Vaticano del Inconsciente. Y selló la unión entre pensamiento político, psicológico y social. La alucinación se define como “percepción sin objeto”. Las imágenes y las ideas no reflejan, no interpelan, no interpretan a las cosas. Directamente las reemplazan.

Este proceso se denomina restitución. Es la forma de la cosa, pero no es la cosa. Un ejemplo patético es decir Presidente de Facto o directamente Presidente a un asesino que asalta al estado de derecho.

Desde ya, el alucinatorio político social es emblema de todas las religiones. Pero no solamente. Un ejemplo muy cercano es celebrar el día de la lealtad junto a Sergio Massa. Hoy el alucinatorio político social tiene al menos tres pilares: la limosna miserable de los billonarios, cuya identidad autopercibida es “aporte solidario”; la recuperación de tierras como forma de revolución agraria en una escala por ahora acotada; la masacre sanitaria y alimentaria cuya identidad autopercibida es “quédate en casa”. Los dueños, aunque no los únicos dueños, del alucinatorio político social son los denominados medios de comunicación, versión hegemónica.

La realidad siempre ha tenido un componente virtual. O sea: alucinatorio. Pero no es lo mismo una pizca de sal que el tasajo o la salmuera. En el enamoramiento tenemos un ejemplo habitual del alucinatorio vincular. Freud escribió: “no se enamoró porque es hermoso, sino que lo ve hermoso porque se enamoró”. Cuando te enamorás, sexo afectivamente y/o políticamente, lo ves como no es. Lo ves como te gustaría que fuera.

Por eso Winston Churchill, un conservador que pactó con Hitler, pudo decir que “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”. Omitió aclarar que se refería a la democracia representativa, partidaria y bendecida por su graciosa majestad. Elogió la careta pero ocultó su verdadero rostro.

En el excelente texto “Sueñan los Nadies” de Cintia Medina, leemos: “Pero en palabras de Eduardo Galeano: “Sueñan los nadies con salir de pobres”. A pesar de todo, la esperanza sigue vigente. Siguen soñando con un pedazo de tierra para vivir. Y esperan (sueñan) que la dirigencia con un poco de empatía les brinde soluciones viables, no para seguir condenándolos a la pobreza sino para hacer práctica lo que predican en los grandes noticieros. (link) Creo que hoy dejaron de soñar. Ponen en acto la recuperación de tierras. Aquellas que desde la masacre colonizadora de España, la de los terratenientes de la provincia de Buenos Aires, han sido robadas por el Estado Terrorista. Y no sólo Roca.

Por eso me preocupa mucho cuando leo que, aun apoyando a los valientes trabajadores de Guernica, se escriba “las tierras tomadas”. Eso es lenguaje del enemigo y es otro de los efectos del alucinatorio político social. Los que toman la tierra sesionan en las legislaturas de las ciudades.

Por eso en nuestra batalla cultural hay una causa a sostener: pulverizar el alucinatorio político social para volver a inventar un mundo donde las palabras y las cosas vuelvan a ser herramientas para conocer la realidad. Con el ‘único objetivo de transformarla. No solamente para cambiar la historia, como prometió uno de los más inspirados artífices del alucinatorio (estamos en el primer mundo - un peso= un dólar, claro que sólo en la Argentina), sino para subvertir la historia. Para que todas las historias sean para ser contadas y recordadas, menos la historia oficial. Entonces nuestres niñes serán los combatientes de un futuro que hoy tenemos que parir desde este presente alucinado.

Edición: 4099