Por Claudia Rafael

(APe).- Emma no marchó por Cinthia. No alzó una pancarta con su nombre. Es que simplemente la historia de Cinthia fue hundida en el ostracismo mediático por largo tiempo. Emma no supo de su historia. De su nombre. De su edad. De sus deseos. El nombre de Cinthia llegó a la gran prensa capitalina recién 17 días después del hallazgo de su cuerpo flotando en un zanjón formoseño y 23 días después de su desaparición, cuando salió de su casa para ir a comer unas pizzas con una amiga. Y apareció flotando en un zanjón de la ruta 86, la misma ruta en la que sistemáticamente han atropellado y asesinado qom, como a la pequeña Lila, de diez meses, a sus abuelos y a tantos otros.

Emma tenía una historia diferente a la de Cinthia. Y su historia fue tergiversada y transformada por las hienas periodísticas a poco de sucedida. Emma tenía 26, vivía en La Plata, estudiaba medicina, tenía amigos, soñaba vida, se reía. Cenaba con su amiga cuando el horror las atravesó y las hundió en las oscuridades más temibles.

Cinthia tenía siete menos que Emma. Vivía en Clorinda, esa oscura ciudad formoseña que roza los 100.000 habitantes, que está a escasos cuatro kilómetros de Paraguay, que tiene una de las cárceles más resonantes en materia de motines, que tiene calles de tierra y casas bajas.
Ambas fueron estragadas. Hundidas en el horror. Despreciadas por la condición humana representada por uno, dos, seis crueles que se saben encaramados en la cima del poder. Por un rato. Por varias horas. Por una noche.

Ellas dos y sus victimarios están unidos por el hilo de los años. Jóvenes. Todos demasiado jóvenes. Dispuestos ellos, a los crímenes del poder de los que habla Rita Segato. Poseedores de esa singularidad tan humana que es la de la crueldad infinita. ¿Cómo se construye y se cristaliza en una persona la capacidad para la perversidad más honda? ¿Cómo se inocula de ese atributo que hace gozar con el sufrimiento de alguien que se va deshaciendo entre las manos, como un fino papel de arroz que se diluye hasta la nada? ¿Cuándo alguien es concebido como digno de ser una víctima a la que transformar en objeto con el que se podrá hacer todo, hasta lo indecible, hasta lo impronunciable?

Todos ellos podrían ser parte de un colectivo digno de caminar hacia un horizonte de utopías y equidades. Pero el concepto de muerte que guía a un modelo que idolatra la crueldad y promueve las jerarquías de la destrucción, mutan a un joven hasta volverlo capaz de pisotear la vida, de dominar hasta destruir, de destrozar como mandato. Fueron formateados por una sociedad que es capaz de crear a las piezas de su sistema en una cadena de moralización. Son piezas comunes y corrientes. Que saludan en la calle. Que conversan con el vecino. Que acarician la cabeza de un bebé. Que escuchan música. Que juegan a la pelota y gritan un gol. Que invitan a una pizza. O dejan a su mujer y a bebé durmiendo por un rato y sin hacer ruido.

Y en un momento cualquiera se quitan la máscara. Se sacan los ropajes. Se ríen fuerte. Sacian el hambre de crueldad. Y ejercen el poder hasta matar, hasta romper, hasta dañar, hasta devastar. Y luego vuelven a su casa. Se quitan la ropa. Se acuestan con su mujer y su bebé. O se van juntos a tomar una birra y pactar el silencio que a veces se rompe y otras, queda oculto hasta estallar.

Cinthia tenía 19 y fue aniquilada por seis jóvenes entre 18 y 24. Sus pares. Emma tenía 26 y fue arrasada por otro joven de 23. El paradigma de la explotación, dice Segato, depende de la disminución de la empatía entre las personas que es el principio de la crueldad.

Queda en el resto, en una sociedad adormecida y desmembrada, acostumbrarse o no, a ese espectáculo perverso de la atrocidad.

Edición: 3393

 

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