Por Carlos del Frade

(APe).- "Nacido en la pobreza, criado en la lucha por la existencia, más que mía de mi patria, endurecido a todas las fatigas, acometiendo todo lo que creí bueno, y coronada la perseverancia con el éxito, he recorrido todo lo que hay de civilizado en la tierra y toda la escala de los honores humanos, en la modesta proporción de mi país y de mi tiempo; he sido favorecido con la estimación de muchos de los grandes hombres de la Tierra; he escrito algo bueno entre mucho indiferente; y sin fortuna que nunca codicié, porque era bagaje pesado para la incesante pugna, espero una buena muerte corporal, pues la que me vendrá en política es la que yo esperé y no deseé mejor que dejar por herencia millones en mejores condiciones intelectuales, tranquilizado nuestro país, aseguradas las instituciones y surcado de vías férreas el territorio, como cubierto de vapores los ríos, para que todos participen del festín de la vida, de que yo gocé sólo a hurtadillas", escribió Domingo Faustino Sarmiento, antes de morir el 11 de septiembre de 1888. Fecha que, con el tiempo, se convertiría en el día del maestro.

A casi ciento treinta años de la muerte de Sarmiento, las escuelas, las maestras y los maestros son testigos de un país donde el “festín de la vida” no parece ser lo cotidiano para las hijas y los hijos del pueblo.

“Los Stivenson” disputan el territorio con “Los Cuatreros”. La vía del ferrocarril divide las trincheras. Es un barrio muy populoso del Gran Rosario. Antes las peleas eran a piedrazos, ahora, muchas veces, aparecen tiros. Son pibes que no superan los veinte años. E incluso apareció una nueva pandilla, “los caucho” y que son más chicos en edad. Ahora, en pleno siglo veintiuno, en esa geografía que alguna vez fue obrera, los valores son otros, distintos. En los tiempos que corren, si manejan drogas y armas tendrán respeto y arrastre con las chicas. Por eso la lucha es por algo más que dinero. Sin embargo, dicen, los que los conocen, que respetan la escuela. Que adentro del edificio no hay broncas y que, incluso, aceptan reglas de juego claras. Misterio del respeto que todavía generan las profes y los maestros en su porfiada obstinación de cada día. En la escuela las reglas son otras y la pibada la quiere. Quiere a la escuela.

Pero cada vez es mayor la profundidad y la democratización del narcotráfico. En una plaza San Martín, nombre por excelencia que se aprehende de muy chicos en la Argentina, la pibada de una ciudad cercana a Rosario dejó de llamarla así. Debe ser muy poderoso el símbolo para que San Martín quede desplazado. Es un nombre pesado en nuestra cultura. Sin embargo, en ese punto del mapa, San Martín ya no se nombra. Ahora, la muchachada decidió llamar a la plaza, como "la plaza blanca", para identificar el lugar donde es sencillo y cotidiano acceder a la cocaína

En los últimos dos años, las raciones de comida aumentaron por lo menos al doble, dicen las maestras y los maestros que inventan gambetas para hacer que el dinero no se termine antes de enfrentar las necesidades. Las más chiquitas, los más chiquitos, repiten la comida incluso los días lunes, algo que no solía ocurrir. Y que, por otro lado, las mamás y los papás se arriman a la puerta de las escuelas para ver si ellos también pueden recibir alguna ración, si sobra algo para llevarse a casa.

También aumentaron las chicas y los chicos golpeados. Los maltratos crecieron a medida que crecieron las raciones de comida. Hay lista de espera para el psicólogo que trabaja para la escuela, cuentan las maestras que desde hace años ponen el cuerpo y el alma en esos lugares que hacen mucho más que enseñar a sumar y restar, a escribir y leer.

El busto de Sarmiento siempre aparece en las escuelas de los ex cinturones industriales de las principales provincias argentinas. Su gesto duro es inconfundible. "Para tener paz en la República Argentina, para que los montoneros no se levanten, para que no haya vagos, es necesario educar al pueblo en la verdadera democracia, enseñarles a todos lo mismo, para que todos sean iguales... para eso necesitamos hacer de toda la república una escuela”, escribió el protagonista de esos bustos.

Allí está, en patios, galerías o en aulas. Huella de un proyecto que tiembla ante los embates de una realidad que todos los días parece más dura dentro de las aulas.

Pero allí están ellas, allí están ellos.

Maestras y maestros que siguen poniendo ternura, pasión y atención a lo que dicen y hacen miles y miles de pibas y pibes que intentan saber si la palabra futuro tiene gusto dulce o rancio.

En las escuelas, sea como sea, todavía reside el sueño colectivo inconcluso de la noble igualdad.

Fuentes: Citas de Domingo Faustino Sarmiento; entrevistas del autor con docentes de cuatro escuelas del Gran Rosario.
Edición: 3434

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