Por Francisco Bosch (*)

(APe).- Hace más de dos mil años un artesano de la construcción, albañil-carpintero, era torturado durante horas y asesinado públicamente. Manso disciplinamiento de los rebeldes. Parece que ‘El Flaco’ no reconocía la divinidad del César ni la legitimación religiosa de los ladrones del templo. Parece que algunas mujeres lo lloraron pero que la gente de la capital dijo: lo mataron por revoltoso, andaba haciendo relajo en el templo, tenía un grupo de hombres y mujeres pobres que no respetan las leyes y las sanas costumbres. Parece que murió un viernes y que tres días después algunas mujeres se atrevieron a levantar el rostro y el puño en su nombre.

El 1 de agosto del 2017 otro artesano fue asesinado. Santiago Maldonado muere en medio de un operativo de Gendarmería que entra ilegalmente al territorio mapuche del que tiene un ‘título de propiedad´ una multinacional italiana. Un artesano menos, una rabia más. Después de casi tres meses desaparecido es encontrado en el río. Su hermano custodia el cuerpo que finalmente es velado el 25 de noviembre. Terrible día donde otro artesano del sur de Argentina es asesinado.

Otra vez velar el cuerpo. De otro carpintero joven, artesano también de la construcción (parece que soldaba muy bien): Rafael, el peñi Nahuel, de 22 años. Un pibe pobre de las barriadas marginadas de Bariloche. Nació pobre y murió pobre, entre estos dos momentos hay una cantidad enorme de búsquedas para salir de esa condena social que cargan los de abajo. No sirvieron los campamentos con los salesianos, ni los talleres de oficios, ni la coope ‘Al Margen’. No sirvió re-conocerse mapuche. No sirvió para un Estado etnocéntrico y etnocida. No sirvió para explicarles a los agentes de prefectura. No sirvió para parar una bala 9 mm. No sirvió para cambiar su destino y no morir joven y pobre.

La muerte tiene palabra de ultimidad perversa cuando se la legitima y justifica. En esta tarea los medios de desinformación masiva y el gobierno de Macri-Bullrich-Garavano son el matrimonio perfecto. La vida de Jesús-Santiago-Rafael son ofrendas que exige el ídolo del dinero y la propiedad privada. Sólo los ídolos exigen sacrificios, los dioses cuidan la Ñuke Mapu, cuidan la vida.
La muerte es una palabra con fuerza de ultimidad salvadora cuando nos encuentra luchando. Las semillas mueren para multiplicarse. Frente al cajón donde está el cuerpo herido de Rafael, un puñado de queridos escuchan las palabras del Obispo de Bariloche, compañero en la construcción del único canal de diálogo creado después de la ‘cacería racista’ que inició el jueves 23 en las cercanías del lago Mascardi.

El gobierno exigía ‘no negociar con los violentos’ y la organización de los que caminan con los de abajo ha logrado presionar al juez para que la comunidad pueda permanecer en el territorio y desde allí comenzar un diálogo: los Cayetanos son un sujeto histórico de esperanza, los descartados que van pariendo techo, tierra y trabajo. Por ellos vienen…

Con el artesano de Palestina tardaron ‘tres’ días en levantar su nombre y su ejemplo. En territorio mapuche están ajustando calendarios y geografías para ganarle al tiempo de los que mandan: ni por un segundo enterramos a Rafael sin levantar su nombre, su rostro, su historia y sus luchas. Ni un día para levantar las luchas por la vida contra las mentiras de los que gobiernan en tv.

Que la muerte nos encuentre caminando entre Cayetanos, en esta Argentina sin pan ni trabajo. Maldita muerte absurda que llega dentro del plomo, por la espalda y en plena juventud. Maldita muerte que nos deja a todos una herida. Maldito cualquier argumento que tranquiliza a los que matan y que alienta a los que aplauden. Malditos sordos los que toman por verdades las voces de los que disparan con uniformes.

Bendita la grieta que permite encontrarnos, aunque estemos irremediablemente agrietados.

Cuando el orden sí altera el producto

En tiempos donde una cacería se presenta como un enfrentamiento es fundamental recordar que las matemáticas no son buenas compañías para entender el fenómeno de la violencia. No basta hoy con condenar todos los tipos de violencia, ni con reivindicar todos los tipos de lucha. Es necesario reconocer primordialmente un orden en las violencias (lectura que le debemos a los jesuitas y a Monseñor Romero): la violencia estructural canalizada a través de las instituciones son las generadoras de otras violencias como reacción. Señalar sistemáticamente la violencia como patrimonio de los de abajo y ‘defensa propia’ la violencia del poder es uno de los relatos más cínicos que se ha impuesto en la Argentina hoy.

(*) Educador y teólogo, Mar del Plata.

Pintura: Adolfo Pérez Esquivel

Edición: 3504

 

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