Por Bernardo Penoucos

(APe).- Me lo cuenta un integrante del Servicio Penitenciario, en esas charlas que se dan en la cárcel entre un docente y un agente de seguridad. En esas pocas charlas que se dan entre actores que, aun en un mismo espacio físico y con una misma población, comparten la obvia distancia de objetivos muchas veces irreconciliables: la educación como herramienta de transformación y la vigilancia como herramienta de control.

Pero se dan esas charlas excepcionalmente y, a veces, construyen un sentido similar, una observación compartida, lo inevitable de una realidad que sacude y moviliza hasta al funcionario más burocratizado y embrutecido por la maquinaria del castigo. Me cuenta el penitenciario que en el salón de visitas -en ese salón paria y gris que la cárcel pone a disposición para que el detenido abrace a su familia, en ese SUM de tren fantasma, de baño colapsado y madres sentadas en sus lonas- un padre preso hablaba acariciando a su hijo de 6 años, preguntándole cómo estaba, cómo iba el primer grado de escuela, si tenía novia, si se portaba bien con mamá y si lo extrañaba mucho. En esa charla de padre preso a hijo en la visita, el padre, muy joven como todos los jóvenes padres que habitan sobreviviendo la cárcel, le pregunta a su hijo que le gustaría ser cuando sea más grande y el pibe, el niño, le responde: “A mí me gustaría ser limpieza de pabellón, como vos, papa”.

El padre, el pibe preso, no pudo más que compartir un silencio prolongado que como un instante eterno se separó del bullicio del resto de las familias y detenidos, mirando a los ojos a ese hijo que convencido estaba del futuro no tan lejano, que convencido estaba de la repartija próxima. No quiere ser bombero, ni jugador de fútbol, ni astronauta. Quiere ser jefe de limpieza en un pabellón de la cárcel. Lo dijo convencido. Lo dijo con amor acompañando la situación de su padre, mostrándole su orgullo y su sangre. Cuantos serán, pienso, los niños bajitos que encuentran en la vereda de su casa el puñado pequeño de amarretes horizontes, cuántos serán los niños que encuentran en la esquina del barrio la dosis exacta para la fuga, los callejones oscuros sin escuelas, los clubes del barrio cerrados, los comedores repletos, las instituciones desfinanciadas . Qué miraran los ojos de ese niño, de qué nubes algodonadas estará alimentada su imaginación de infancia, cuáles serán las voces y los ruidos que quedaran alojados en la memoria primera, cómo irá amasando sus recuerdos y sus sonrisas.

Hay, por lo menos, un pedazo de tierra negada, un país comprimido, una foto corrida en la que tantos y tantas saben, desde el jardín, que el futuro no viene ni con regalos, ni con sorpresas, ni con promesas. Que el tiempo es un transcurrir roído, sórdido, que las elecciones serán escasas y las puertas se irán cerrando como en un orillero laberinto, como en una noche, como en esa cárcel, como en ese pabellón que sigue goteando pérdidas, humedades y personas.

Edición: 3407

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