Por Carlos del Frade

(APe).- Eran los tiempos del segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen.

Los días en que el petróleo argentino era de los argentinos y el precio del combustible bajaba por la decisión política de aquella administración. La primera empresa petrolera estatal que barría por eficiencia, competitividad y compromiso social con todas las privadas. Por eso, dicen, el golpe del 6 de septiembre de 1930 tuvo un fuerte olor a petróleo. Pero dos años antes del final, en esas jornadas que anticiparían la primera gran crisis del capitalismo financiero, el diario “La Razón”, en 1928, convocó a las chicas y los chicos de las escuelas para votar cuál era el pájaro más representativo de la Argentina. Más de cuarenta mil cupones llegaron a la redacción. El hornero fue el ganador. Símbolo del trabajo y el cuidado de la familia. Noventa años después, el hornero será el símbolo del mayor valor económico en la vida cotidiana del pueblo. Será la imagen del nuevo billete de mil pesos.

Los dibujos en los billetes y las monedas sintetizan los valores del poder de turno.

Los próceres que durante más de un siglo ocuparon el espacio del papel moneda decían qué peso tenían en el presente. El peso de la historia en la actualidad. La historia en los pesos.

Ahora, en los tiempos del macrismo rubicundo, luego de la victoria electoral de medio término, los billetes dirán lo suyo a través de las nuevas imágenes.

Mientras se anuncian reformas fiscales, jubilatorias, privatizaciones y laborales, no es casual que el billete de mayor valor económico en la vida cotidiana tenga al símbolo del cuidado de la familia y la casa. Una advertencia: hay que ser como el hornero, cuidar lo que se tiene para no ser arrasado por las tormentas de las políticas económicas que se vienen.

El 4 de octubre, por otra parte, el Banco Central de la República Argentina anunció la puesta en circulación del nuevo billete de 20 pesos.

El guanaco reemplazará a Juan Manuel de Rosas y en el dorso tendrá la estepa patagónica. No quedará ni recuerdo del combate de la Vuelta de Obligado, aquel 20 de noviembre de 1845 en el que se pusieron cadenas en esa maravillosa terraza cósmica que dibuja el río Paraná en un costado de la geografía bonaerense para que los franceses e ingleses no pasaran. Un símbolo de resistencia ante los imperios. El guanaco, ahora, escupe aquel recuerdo, aquella imagen que, con el tiempo, devino en el día de la soberanía.

Signos fuertes traen los dibujos que llegan y los que se van. El guanaco escupe la soberanía y la deja de lado.

Aunque Rosas tuvo una política económica que favoreció al sector que representaba, la oligarquía bonaerense, aquellos enfrentamientos contra ingleses y franceses no fueron perdonados por los sectores dominantes de la Argentina.

El combate de la Vuelta de Obligado, en realidad, formó parte de un proceso denominado la guerra del Paraná que terminó con la deliberadamente olvidada victoria en Punta Quebracho, en Puerto General San Martín, zona sur de la provincia de Santa Fe, el 4 de junio de 1846, cuando se demostró que la decisión de los pueblos suelen ganarle a los poderosos. Eso fue lo prohibido. No debía pensarse que si alguna vez se venció al imperio por qué no intentarlo de nuevo. Por eso la victoria de Punta Quebracho ni siquiera es recordada en todas las escuelas de la provincia de Santa Fe.

Ahora, el viejo billete colorado de Rosas y la soberanía deja su lugar para el guanaco y la estepa patagónica.

Son tiempos de horneros y guanacos.

De cuidar lo que se tiene y escupir indeseables ideas de soberanía o resistencia ante el imperio.

Los dibujos en los billetes y las monedas reflejan el peso de la historia en el presente según el punto de vista de los sectores dominantes.

El problema está en lo que hagan los poseedores de los horneros y los guanacos.

Si mansamente aceptarán el peso de los dueños de la historia del presente o buscarán dar vuelta la dirección impuesta.

Fuentes: “Infobae”, 19 de mayo de 2017 – Agencia Telam, 4 de octubre de 2017 – “La Nación”, 2 de octubre de 2017.

Edición: 3478

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