Por Carlos del Frade

(APe).- La muerte oficial de Agustín Tosco, síntesis del gremialismo ético y antiburocrático, símbolo del Cordobazo y referente de la defensa inclaudicable de los derechos laborales, fue el 5 de noviembre de 1975. Sin embargo, la historia argentina está atravesada por la desmesura. Hay crónicas que señalan que el “Gringo” murió en la clandestinidad en Buenos Aires, un día antes. Y que su cadáver fue trasladado en una ambulancia hacia su amada Córdoba como acompañante del conductor del vehículo para burlar la represión de aquellos días de democracia formal.

Muchos años después, Osvaldo Soriano, en su maravillosa novela “El ojo de la patria”, colocaría a un orador de la revolución de mayo al lado de un conductor que lo rescataba de aquel pasado plagado de sueños colectivos inconclusos. Casi el reflejo de esa historia del final de Tosco.

El mítico dirigente no pudo estar los últimos meses de su vida en La Docta porque a partir del “navarrazo” del 28 de enero de 1974, asomaron los grupos parapoliciales del llamado “Comando Libertadores de América”, casi la sucursal del Triple A en las calles de la Reforma Universitaria de 1918.

Aquellos grupos que tenían como blanco militantes revolucionarios peronistas, socialistas, comunistas y cristianos, eran, esencialmente, nichos corruptos y fascistas de las fuerzas de seguridad y también de las fuerzas armadas.

Bandas parapoliciales que, cuatro décadas después, mutaron en bandas narcopoliciales.

En estos días en que se recuerdan los cuarenta y cinco años del viaje hacia algún lugar del cosmos de Agustín Tosco cuando él tenía también cuarenta y cinco años, la renovada versión de esas bandas generó cambios en la conducción de la policía de la provincia, en la jefatura de La Cordobesa.

En los diez primeros meses de 2020, La Cordobesa mató a nueve personas, entre ellas, pibes menores de veinte años, el mismo grupo castigado de forma sistemática y repetida desde hace cuarenta y cinco años en las principales provincias argentinas, como son Buenos Aires, Santa Fe, Tucumán, Mendoza y la mismísima Córdoba.

Ahora la nueva jefa de la policía provincial cordobesa es Liliana Zárate Belletti y tendrá que afrontar el fenomenal desafío de lograr la conducción política de una fuerza que guarda en su seno el permanente reciclaje de aquellos nichos violentos, corruptos y fascistas que -al igual que en las otras provincias- devienen en bandas narcopoliciales, conformando “La Cordobesa”.

Cuentan los medios de comunicación que “el último hecho tuvo como víctima a Joaquín Paredes, un chico de quince años oriundo de Paso Viejo, un pueblito de 700 habitantes ubicado en el noreste de la provincia. En ese lugar el domingo pasado cinco policías cuyos análisis muestran que estaban intoxicados —habrían consumido alcohol y cocaína— se cruzaron con un grupito de niños de entre 14 y 18 años que según la policía caminaban “violando la cuarentena”. Sin explicaciones de por medio los agentes empezaron a disparar, mataron a Joaquín e hirieron a dos de sus amigos”, dicen las crónicas.

Estos hechos repiten las viejas matrices de la violencia institucional que tan útiles les resultaron a los grupos del poder económico para imponer el terrorismo de estado en toda la geografía argentina.

Esas matrices que en 37 años de democracia no pudieron ser eliminadas por los gobiernos provinciales y nacionales.

Por eso, a cuarenta y cinco años de la muerte de Tosco en la clandestinidad, es imprescindible seguir en la construcción política de una seguridad democrática que deje de lado la persecución contra las pibas, los pibes y todas aquellas personas que cuestionan la supremacía de los intereses particulares por encima de los derechos humanos y sociales.

La pelea por la democratización de La Cordobesa es también la lucha por una democracia más verdadera, más democrática. Se lo debemos a las pibas, a los pibes y a la memoria del querido y siempre vivo Gringo Tosco.

Edición: 4115

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